El Museo Vivo de La Aldea recibe 5.000 visitantes al año guiados por jóvenes de 80 a 90 años desde la herrería a la zapatería

23 jun 2018

Cuando unos maestros de Aldea se percataron de que la verdadera sabiduría vivía en los mayores del pueblo, comenzaron a llevarlos a la escuela para que explicaran a los más pequeños cómo se vivía en su época, cómo obtenían el agua, el trigo, el gofio, cómo fabricaban sus zapatos, que al principio no había médico, ni manera de ir a la capital y que el camello era el medio de transporte más importante.
Fue el germen del Museo Vivo de La Aldea, hoy día un referente de respeto y conservación de las tradiciones visitado por 5.000 personas al año al que el Cabildo de Gran Canaria aporta 20.000 euros anuales y con el que la consejera de Artesanía, Minerva Alonso, renovó su compromiso durante el recorrido que realizó junto a su equipo de la Fedac guiada por su coordinador, el maestro jubilado José Pedro Suárez.
Y es que a las visitas a los colegios siguieron excursiones a la inversa, es decir, empezaron a llevar a los escolares a las casas de los mayores y a sus fincas, hasta que un día recuperaron un primer espacio, cedido por sus dueños, y luego otro y otro, ya fuera la casa del médico, la herrería, la carnicería o la zapatería, y entonces todo el pueblo se volcó y aportó todo lo que atesoraba en sus casas.
El Proyecto Comunitario de La Aldea ha logrado de hecho crear el museo vivo más importante de Europa, calificado así por el Comité Científico Internacional de Museos, con espacios increíblemente recreados, tanto que en algunos hay que preguntar si siguen en activos, porque no les falta lujo de detalle y todo son elementos auténticos, desde las pinzas para extraer muelas, hasta la punta de hierro tan grande que había que agarrar con las dos manos para que otra persona le diera el mazazo en Andén Verde, por no hablar del bandajo de la campana de la iglesia, dado por desaparecido hasta que se percataron de que un hierro que andaba suelto en la herrería no era un hierro cualquiera, y ahora lo tienen apartado para llevárselo al cura y vuelva a repicar.
Pero si valiosos son los cientos de objetos recuperados, mucho más lo son los guías, que prestos te atavían con las ropas de la época y se van al que era su puesto de trabajo, o de sus abuelos, para explicar sin prisas cómo funcionaban sus valiosos ingenios, unos jóvenes guías de 80 a 90 años a los que este proyecto les ha “dado vida”. Así lo asegura Cayita León, más conocida como la de Braulio, su marido que en paz descase, y que con livianeza mueve la piedra de su molino de gofio y para sorpresa del visitante, cuando lo intenta, se encuentra con que aquello pesa un puñado de kilos.

Es también el caso de Pepito el Molinero, de 89 años, Pepito para el pueblo, porque casi todos tienen un nombre para el pueblo y otro para el juzgado, al parecer cosa del encargado de apuntarlos cuando le daban el recado del nacimiento, una anécdota común que cuentan con gracia. Pues Pepito Bautista es nieto del molinero que construyó en 1898 el hermoso molino de agua para moler gofio que el visitante encuentra justo en la entrada norte de La Aldea.
Cuenta que en aquel entonces no había dinero, tampoco servía para nada, y lo que cobraba era la “maguila”, una parte proporcional del gofio resultante que servía de pago. Cuenta que tampoco había insecticida y lo primero “era pintar el millo al fuego para que no le entraran bichos”. Tampoco había básculas. Y en la época de lluvias, su abuelo no salía del molino porque había que aprovechar el paso del agua, y podía estar corriendo hasta mayo y a veces hasta junio.
Ya en el pueblo, un buen punto para continuar puede ser la calle Real donde se encuentran varios de los 15 espacios del recorrido, que abren cada primer sábado del mes en coincidencia con el mercadillo, y del resto basta con llamar al 928892485 para concertar visita para grupos de 25 personas y se pone en marcha este viaje a los albores del siglo XX.
Uno de los puntos que conocerá el visitantes será la carnicería, un pequeño espacio azulejado de blanco en el número 42 de la calle Real que solo abría los sábados para vender sobre todo vacuno, y a pocos metros la tiendita con Polo el Tendero al frente para mostrar botellas de Baya Baya, el papel de luto que se usaba para enviar condolencias, jabón lagarto en barra, trompos y todo lo que el visitante quiera volver a recordar, como la maña que se daban para envolver en papel grano, azúcar o harina, porque todo, hasta los fideos, venía a granel.
“Apúntamelo, Polo”, es la invariable broma, y Polo, nieto y abuelo de tenderos, saca los enormes libros de los “fiaos” donde su familia apuntaba de todo, porque aquella tienda abierta en 1926, hoy en activo en otro enclave, era peletería, ferretería, bar y lo que hiciera falta.
No lejos de allí, el almacén de tomates es de los lugares más impactantes, pues allí espera Mamina y sus compañeras para contar que empezaron a trabajar con diez añitos y algunas con ocho, que el tomate había que clasificarlo en tres colores y cinco tamaños, y que a veces les daba las cinco de la mañana porque el tomate tenía que estar empaquetado para cuando zarpara el barco. Y que a la playa lo llevaba el único medio de transporte de la época, el camello.
Y como si los años no hubieran pasado, comienzan a brindar su canción, la que habla de sus anhelos, de sus preocupaciones (https://bit.ly/2yAfKnV) y en la que se van contestando una a otra, no sin picardía a veces, al tiempo que envuelven cada tomate en fino papel y con cuidado lo depositan sobre turba dentro de sus ceretos mientras el capataz las conmina a cantar menos y trabajar más... Las primeras cajas, las de tablas, ya solo las recuerdan los que tienen 95 años.
Un punto especialmente nostálgico es la escuelita, sus cartillas, sus pupitres, y en cada puesto, en vez de una tablet, un pizarrita negra del mismo tamaño para escribir, y los juguetes de la época, muchos hechos con latas de sardinas.

Y por supuesto, en el despertar del siglo XX, La Aldea no sabía ni de lejos lo que era un médico, para eso tenían al estelero, la partera, el hierbero… hasta que llegó el primero: don Juan Marrero, al que siguió Francisco León, dos figuras muy importantes para el pueblo y cuyos despachos forman parte del recorrido con sus maletines, básculas, camilla, y todo tipo de utensilio médico para aliviar las dolencias de aquella pequeña sociedad.

También es el nieto del zapatero el que recibe en la zapatería para enseñar las hormas de madera de todas las tallas y cómo los más pudientes tenían botas herradas, llenas de tachuelas –cómo las de los futbolistas, aclara mientras la muestra-, y su pequeña herradura en la punta y el talón, buenísimas para no resbalar y para el salto del pastor, ideales.

Mientras, Pepito el Carpintero recordará el regocijo que daba el trabajo bien hecho, mostrará sus punzones, los rebotes y las falsas escuadras, además de las tasañas, unas enormes sierras que casi se cogen la pared y con la que se iban a la cumbre dos personas y, una a cada extremo, no paraban hasta lograr talar un buen árbol.

No faltan el centro locero, el rincón de los parranderos con los instrumentos del racho de ánimas, la herrería, absolutamente imprescindible en aquella época, la barbería con los sillones de barbero y todos los utensilios recuperados, el museo de la vestimenta o la Gañanía, donde espera Cayita no solo con su piedra de molino, sino con aquella cocina de hierro que era un lujo, porque la mayoría lo que tenía eran “tres teniques” para apoyar la cazuela y entre ellos, la leña. Además, animará a cogerle el peso al caldero de hierro forjado vacío, ni se lo imagina lleno.

Un camello, burros, cochinos negros, pavos y una becerrita, así como la panadería y más mujeres desgranando millo o haciendo queso ponen punto y final a este viaje en el tiempo en el que algunos de los guías brindarán su antiguo 6 para obtener un beso, en el que siempre hay alguien que llora y en el que no faltará un apretón final de las cariñosas manos de abuela de las mujeres antes de emprender el camino de regreso maravillados de agradecimiento y nostalgia.  

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